La luz de los días


En estos días eternos del cenit del solsticio de verano, Sevilla se nos presenta como una ciudad bañada en luz, una urbe con una monumentalidad única que se ve reflejada, contrastada por esos infinitos rayos de sol que la enaltecen de forma incomparable, serena; donde todo el grandioso conjunto arquitectónico que atesora se ve resaltado por esa maravillosa luz que la identifica.

Esa luz de estos días es la misma que, como dice Paco Robles, buscaba Velázquez en los celajes del Gudarrama madrileño cuando cambio la Alameda por la Corte, la que guardó Antonio Machado en aquel papelito que le encontraron en el bolsillo del gabán tras su muerte en Colliure, la que entrevió Cernuda entre la nubes en Glasgow y que dejó escrita en la carta de amor más estremecedora que le hayan escrito a Sevilla, Ocnos. La luz del silencio donde Laffón mojaba su pluma para convertir los cirios de una candelería en el gran órgano de cera donde suena la música de la luz.

Es fácil comprender porque esta luz puede germinar la creatividad de sus mejores hijos, baste con detenerse un rato en la plaza de la Virgen de los Reyes y contemplar desde la blancas fachadas del viejo convento la hermosura de la Giralda en ese contraste de luz del atardecer con el cielo de Sevilla para quedar boquiabierto; y basta comparar la grandeza del alminar, único, rematado en barroco para ver empequeñecer las monumentales agujas góticas que decoran la puerta de los Palos con el fondo azul pálido del cielo a esa hora.

También puede comprobar todo el esplendor de la luz de Sevilla paseando una mañana por las callejas de Santa Cruz para observar la fuerza de los contrastes
De sombra y luz de su angostos callejones para comprobar la energía con que ésta se cuela por entre la trepadoras del Alcázar o ensombrece los rincones del Callejón del Agua.

Si necesita alguna muestra más de la luz de estos días, puede pasear en las horas punta de la tarde por la calles del entorno de Santa Clara y San Lorenzo. Verá en el blanco encalado de sus fachadas el reflejo más espectacular de la luz sobre un objeto y se sorprenderán del contraste con la sombra de los zaguanes de sus viejos caserones con los frescos patios al fondo. Le ayudará a comprende por que Romero Murube llevaba Sevilla en sus labios.

Pero si a pesar de todo ello no se siente satisfecho asómese al río grande de Sevilla cuando el ocaso empiece a declinar la tarde sevillana. Sí, pasee tranquilamente de los jardines de Delicias  hasta la Maestranza por el Paseo Colón, entonces podrá contemplar uno de los espectáculos de luz más impresionantes que puede apreciar el ojo humano y mire detalladamente como desaparece el sol por la colina del Aljarafe con la visión del puente y Triana en el primer plano. Tendrá que restregarse los ojos para confirmar que estaba vivo.

Toda esta belleza que nos trae la luz de estos días no está puesta ahí por el Ayuntamiento ni puede ser solo un reclamo turístico, es un don inconmensurable que nos brinda la naturaleza para enriquecer nuestro espíritu, para señalarnos que en esa luz, en esa belleza está el germen de lo que debe ser nuestra forma de vivir colectiva, en el fondo nuestra cultura.


Así nos gustaría que fuera Sevilla, la Sevilla eterna: una ciudad bañada en luz, una ciudad inspirada en la cultura. Esa luz debe ser la que de vida al cultivo del conjunto de modos de vida, costumbres, conocimientos y desarrollo del grado artístico de las gentes de Sevilla de esta época. Una ciudad que será tan extraordinaria como los sevillanos queramos que sea. Que la luz de estos días nos fecunde.