Junco y romero


A las puertas del verano, el cuarenta de mayo esta ahí, Sevilla celebra los dos grandes últimos eventos de su grandiosa primavera, El Corpus y el Rocío. Dos fiestas con gran arraigo popular, olor a plantas silvestres y reminiscencias de infancia marcada por la angustia del desenlace del curso y la posterior llegada de la vacación estival, cargada de sorpresas y aventuras.

Junco y romero que alfombrará las calles de la ciudad el otro jueves resplandeciente para la cristiandad y que puebla el camino de los peregrinos hacia la aldea de Almonte. Dos grandes celebraciones cargadas de historia y con profundas raíces atávicas para celebrar la culminación de la primavera.

La festividad del Corpus Cristi que toma carta de naturaleza en 1264 se convierte durante la Contrarreforma en una de la celebraciones más importantes de la comunidad católica por que, marcaba claramente las diferencia teológicas y de culto sustanciales con el protestantismo, entronca en las más profundas raíces del mundo Mediterráneo, impregnadas de elementos religiosos, mágicos, rituales y míticos como los que están presentes en los cultos agrarios.

El Corpus Christi ha sido durante siglos la fiesta sevillana por excelencia. Conectó con la imaginación y sensibilidad popular, con la idea de que la fe es asunto público y participa toda la urbe. En la actualidad los sevillanos, aferrados a una de sus más
añejas tradiciones, se siguen echando a la calle para celebrarla. Dios en la calle se convierte en el reclamo que arrastra a un gentío de fieles. La procesión asume el papel de metáfora de la propia sociedad sevillana. De hecho, están representados todos los estamentos sociales, religiosos y militares, llegando a alcanzar el número de tres mil integrantes. Tal es así que en la ciudad se llega a ironizar que el que no desfila en la procesión ese día, no es nada en Sevilla.

Con el disparo de los cohetes se pone en marcha el otro gran acontecimiento de la tardoprimavera de la ciudad, la Romería del Rocío otro acontecimiento de fundamentos atávicos que también supone un desfile de sevillanos, bien distinto en este caso, para postrarse ante la Reina de las Marismas con demasiados flecos y aristas en su caminar con esa mezcla entre lo religioso y lúdico. La explosión de la primavera en el campo, la forma de celebrarla con más raíces ancestrales y otra representación viviente de la sociedad sevillana.

La ilusión del camino y el cansancio del regreso, otra vez las dos caras del divertimento. El largo camino de regreso quedará diluido con los días del alto sol del final de la primavera y la ciudad irá recuperando el silencio tedioso de los periodos entre fiestas. Habrá terminado el momento de figurones y figurantes el gran desfile de las vanidades terminó. Quedará la plegaría de los que en silencio suplicaron a sus devociones la protección, ayuda y una mirada que reavive sus esperanzas para seguir transitado por la vida.

La ciudad mientras tanto irá recuperando su normalidad y empezará a sestear entre los calores del verano soñando con los días grandes vividos, en esa primavera única, que la refleja en el espejo de la Sevilla que fue pero que ya no es.