El libro sale a la calle


En estos primeros días de mayo el libro sale a la calle en Sevilla, se va a la Plaza Nueva a recrearse, airearse y a entrar en contacto con la ciudadanía. Los sevillanos se acercaran hasta allí para disfrutar la fiesta de los libros. Unos observan perplejos, otros con curiosidad, con respeto, alguno se atreve a acariciarlos. Esa fiesta, que como todas las grandes fiestas de Sevilla se celebra en primavera, con olor a azahar y una poquita de calor, nos llega después de la gran fiesta del barroco y  la fiesta fatua de las sevillanas, es la fiesta de las palabras y del pensamiento.

Sevilla es por antonomasia una ciudad ideal para creadores, quizás una de las ciudades que ha sido argumento y escenario de mas historias y reflexiones. Y hoy, en una economía llena de dificultades, conviven en Sevilla un buen número de escritores, poetas y editores que –como dice el entrañable Julio Cuesta– seguro que darán que hablar.

Dándose todas estas circunstancias, la Feria del libro de Sevilla, va, sin embargo, por otros derroteros  y dedica el protagonismo a autores foráneos, de los que no discutimos en absoluto su calidad, pero entiendo sería muy saludable que la fiesta del libro en Sevilla estuviera dedicada a los escritores sevillanos, a sus grandes cronistas. ¿Acaso José María de Mena, Nicolás Salas, Antonio Burgos, por ejemplo, no ameritan ser el centro de la Feria del libro de la Plaza Nueva? ¿Tal vez Rogelio Reyes, Vaz de Soto, Paco Robles o María Sanz, no merecen atención en el evento de los libros de Sevilla? ¿Quizás los trabajos de Joaquín Arbide por recordarnos la Sevilla de nuestra juventud o los de Ángel Vela por revivirnos y dejar testimonio de lo acontecido en Triana, no tienen ningún interés? Y los que no puedo citar por falta de espacio, no por falta de recuerdo.

Estos son los consagrados, pero hay un grupo de jóvenes escritores, que necesitan como agua de mayo –no podía ser de otra manera– darse a conocer, intercambiar opiniones e ideas con sus lectores presentes y futuros, sentir el ánimo cercano del público; eso si es fomentar la creación, la lectura y al final el comercio del libro. Así es como yo veo la Feria del libro de Sevilla, como un reconocimiento a los consagrados y una plataforma para el lanzamiento de los nuevos, y piénsese bien las estrategias para atraer a los sevillanos al evento.

Yo creo que más que internacionalizar la Feria del libro de Sevilla, habría que sevillanizarla. Los que se acercan a la feria a comprar son los sevillanos, no los de fuera y si tiene que servir como plataforma para autores de otros páramos, sea, pero también de los creadores sevillanos. Con todos mis respetos, la Feria del libro es una fiesta local, no un evento macro donde editores y agentes negocian suculentos contratos y se corre a la caza del último bestsellers internacional, esto no es Frankfurt ni Guadalajara, ni Bolonia. Hagamos la feria para que los lectores conozcan a los hombres y mujeres que se esfuerzan en cantar a la ciudad, en contar su historia, en reflexionar sobre su pasado, presente o porvenir, y en inventar historias que transcurren por sus calles y plazuelas.


Desde esta tribuna animo a los sevillanos a acercarse a la Plaza Nueva a disfrutar de la fiesta de los libros, seguramente pasaran un buen rato, no les dé reparo, es uno de los mejores sitios donde se puede estar, vea, mire, toque los libros, hojéelos y si todavía le quedan unos euros en el bolsillo compre alguno. Recuerde lo que decía Lope de Vega: Es cualquier libro discreto (que si cansa, de hablar deja) un amigo que aconseja y que reprende en secreto. Le aseguro que no se arrepentirá.