La ciudad de la alegría




Así se podría llamar a ese poblado provisional de lona y estructuras de tubos de hierro que los sevillanos plantan en el campo de Los Remedios. Porque ¿Qué es si no la feria? Una ciudad con manzanas cuadriculadas, calzadas y aceras, su arboleda,  sus instalaciones y servicios, y casi toda la estructura que exige una ciudad permanente: policía, bomberos, limpieza, Ayuntamiento, etc., en la medida que lo necesita. Todo ello compuesto por unos habitáculos de arquitectura efímera, por su duración,  pero acondicionada para una estancia enfocada hacia la diversión.

Como dice Julio Martínez Velasco:
La Feria no es una verbena a la que se va a echar un rato de velada y bailar; a la Feria se va a vivirla. La mañana tiene su ambiente; la tarde, el suyo; como la noche, su definida  peculiaridad. Lo único que no se puede hacer en la Feria es dormir.
Porque la actitud pasiva e inconsciente del dormido es la antítesis de la diversión.

Dicho lo cual, La Feria de Sevilla, no es más, ni más ni menos, que la forma peculiar y determinante de divertirse un pueblo; cada uno la vive a su manera, durante unos días, dedicados únicamente a rendir pagano culto a la alegría, con absoluto olvido y desdén por cuanto de triste  nos depara la vida. Eso sí con una cierta tendencia al exceso, y el exceso conduce al cansancio y este a una cierta melancolía por la ciudad residencial que habitamos cotidianamente.

Cuando se atraviesa la portada del recinto ferial el personal se transforma en seres ávidos de diversión. A las primeras copas el espíritu se anima y pide más: reír, cantar, bailar, beber y se inicia de nuevo el ciclo. Así hasta que la caseta se queda pequeña, hay que salir a otras casetas y finalmente si cabe aparecer por el estruendo de la calle del infierno, jugar en la tómbola, tirar en alguna caseta de tiro, subir en alguna atracción diabólica y retornar cuando la euforia da paso a las primeras muestra de cansancio. De rigor será terminar la jornada con churros o buñuelos con chocolate… Y entonces salir por la puerta de la casa de la alegría agotados.

Por que la otra cara del goce de la feria es el cansancio, y caminan paralelaos. El espectáculo quizás más significativo de la feria se produce cuando una corriente de sevillanos llega al recinto con todo el ánimo encima y se topa con otra de sentido contrario de los que salen de la feria arrastrando el alma de cansancio.

Naturalmente dado lo anterior se supone que otra regla de oro de los días de feria es que a mayor vigor físico mayor aguante en la diversión y por lo tanto más disfrute. Así unos necesitan beberse la feria y otros tomar un traguito que les recuerde los días en que su energía les daba para agotar todos los odres de la diversión y en algunos casos hasta de la manzanilla.

La feria se vive por tanto entre el ardor y la resaca, entre la euforia y el agotamiento, en una ciudad llena de luz, farolillos y albero; entre sevillanas baile y una copa.

En realidad uno ve la feria como la ciudad de la alegría. Va la visita y cuando se cansa de estar allí se vuelve a su casa, en la ciudad de habitar. Ojalá de todas las saturaciones de la vida se pudiera salir tan fácilmente, aunque cuando llegue a casa siga escuchando palmas.