Constitución


 
Todos nos hemos sentido durante años orgullosos de haber participado en aquel gran acuerdo social y visto con satisfacción como de esta derivaban manojos de leyes que, mal que bien, iban conformando nuestras vidas

Un 6 de diciembre de hace 37 años los españoles decidimos, por una amplia mayoría, con nuestro voto constituirnos en un Estado social y democrático de Derecho que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político, cuya soberanía residen el pueblo español del que emanan los poderes del Estado y que tiene la forma política de Monarquía parlamentaria.

Los que vivimos aquellos días en primera persona recordamos con emoción todo lo que esto significaba. En ella se consagraban nuestras libertades y se regulaban los derechos y obligaciones de los españoles, tras un gran acuerdo político en el que todos tuvieron que ceder en aras a alcanzar un tratado de convivencia que tuviera el más amplio apoyo social posible.

Todos nos hemos sentido durante años orgullosos de haber participado en aquel gran acuerdo social y visto con satisfacción como de esta derivaban manojos de leyes que, mal que bien, iban conformando nuestras vidas y formaban plataformas sobre las que se desarrollarían las de nuestros hijos. También pudimos contemplar con estupor como algunos de nuestros representantes políticos retorcía sus argumentos hasta casi violarla. Pero en fin estábamos tranquilos por que el armazón jurídico del estado funcionaba y estaba ahí para garantizar su vigencia y cumplimiento.

Pero hete aquí que de pronto nos encontramos con unas corrientes turbulentas que por mor de un desencanto social de un lado, nacido de la crisis económica y la corrupción y por otro de las tensiones territoriales, parecen dispuestas más o menos que a dar cuenta de la constitución del 78. Naturalmente los que conocemos de primera mano lo que costó aquel trabajoso consenso, que quedó ratificado con el acontecimiento que conmemoramos por estas fechas, nos inquietamos y hasta se nos crea un cierto desasosiego pues no vemos por ningún sitio el clima necesario para volverlo a conseguir.

Otro de los argumentos que se esgrimen últimamente es el de: “Yo no vote esta constitución y no me siento identificada con ella”. Este como verán es comprensible pero se cae por el propio peso de su ardor juvenil, y a la vez demuestra un fallo importante en el sistema, la capacidad de trasmitir los valores de nuestra ley de leyes y las deficiencias derivadas de nuestro sistema educativo para hacerla conocer y amar.

No es que nuestra Carta Magna no pueda ser mejorada, obra humana es. Es que lo sustancial de un marco de convivencia está recogido en ella, nuestros derechos, obligaciones e incluso nuestras peculiaridades como reflejo de nuestra pluralidad se encuentran reflejados en sus textos y con eso no conviene jugar como tampoco deberíamos ser tolerantes con aquellos que ponen salvaguardas a la promesa de guardarlos y hacerlos guardar por que cualquier día nos podemos encontrar con algún sobresalto. Todo lo demás se puede retocar si se logra el consenso político necesario pero sin asaltos ni ocurrencias.

Escribiendo estas líneas no dejo de sentir una cierta inquietud inmovilista, pero enseguida me tranquilizo. Repaso nuestra historia y se que lo que defiendo con estas opiniones es la conclusión que destilo de nuestro pasado y la maldición de nuestros complejos históricos; y me reafirmo en la hipótesis sobre la deficiencia de nuestro sistema educativo y de la importancia de conocer nuestra historia, como elementos fundamentales de lo que debe ser nuestra cultura, para que la postmodernidad y el relativismo, no nos atropellen y tengamos que empezar otra vez de cero.