Una buena receta para todos estos desvaríos generacionales: Hay
que mirar al pasado con cariño, al presente con optimismo y al futuro con
esperanza.
Vivimos en tiempos de revisión total.
Pareciera que toda nuestra realidad este en proceso de deterioro, que todas las
iniciativas desarrolladas hasta hora estuvieran agotadas, que aflorara un
tiempo donde no sirviera receta alguna de las aplicadas y que todo requiere de
un punto de vista nuevo, que, ¡oh sorpresa!, hasta ahora a nadie se le había
ocurrido.
Es como si con el paso de poco más de
una generación nuestra definición de la
vida, del significado de nuestra existencia y de la identidad humana se hubiera
alterado de modo radical. Así se habrían visto modificados aspectos que han formado parte de esa identidad durante siglos y que han servido de fundamento para el desarrollo de las
nociones filosóficas de persona y dignidad. Las prácticas relativas a la
sexualidad, la reproducción, los roles sociales, la maternidad, la paternidad,
así como también otros aspectos como la igualdad, la democracia, el libre
albedrío, la justicia, y el progreso tuvieran que ser, sin duda redefinidos.
Y este regeneracionismo que es el motor de determinadas
corrientes sociales, nos produce una sensación de vértigo y de vacío inmenso, que
alimentado por los avances biotecnológicos, se nos quiere imponer.
Dice el eminente filósofo y paisano
nuestro Emilio Lledó, hoy en nuestras páginas,
que los seres humanos somos fundamentalmente memoria y leguaje, y las
dos cosas se están pervirtiendo constantemente. Porque lo que nos caracteriza
esencialmente a los seres humanos es el reconocimiento del presente por lo
vivido y la esperanza de proyectarlo hacia el futuro desconociendo el momento
final.
Y resulta que esta generación ahora
tildada de caduca y periclitada ha vivido la superación de una terrible
fractura civil, en su peor versión, y es la responsable de haber engendrado una
nueva etapa de libertad y bienestar como jamás había experimentado nuestra
sociedad. ¡Claro que con errores y deficiencias, faltaría más!, y ahí estaría
el mejor uso de la memoria, no en negar la mayor sino en mejorar la tarea con
la superación de los errores cometidos.
Nos conviene recordar que la denostada
obra de nuestra generación es tan válida que ha permitido que todos los
movimiento sociales surgidos al fragor de la profunda crisis socioeconómica de
nuestra sociedad, fermento de todo este movimiento, hayan pasado de estar, en sólo dos años, con esas ideas
acampados en una plaza pública a formar parte de las instituciones contra las
que tan agriamente se manifestaban. Está claro que tampoco estaban construidas
tan de espaldas a la realidad.
En estos días tradicionalmente propicios
a recordar a los seres queridos que se
nos han ido quedando por el camino, sus vidas y sus esfuerzos representan un
ejercicio de memoria individual y colectiva enorme, profundo y sencillo, que
nos lleva a reconocer el presente mejor, que todos los estudios sociológicos al
uso como carta de navegación hacia el
futuro. Ese recuerdo se hace mayor si cabe a aquellos que perdimos aquejados
precisamente del mal que azota a la perdida de la memoria, y la tristeza y el
desasosiego que ello nos produce por su falta de reconocimiento. No deja de ser
paradójico el tema
He leído estos días una frase que a mi
juicio tiene una buena receta para todos estos desvaríos generacionales: Hay
que mirar al pasado con cariño, al presente con optimismo y al futuro con
esperanza. Pues por mucha afición que tengan los jóvenes por la ciencia
ficción, no serán nuestros rasgo distintivos en un futuro biotecnológico ni la
razón, ni los sentimientos, sino la memoria, la autoconciencia y la esperanza.
