A estas alturas del calendario Sevilla
volverá a llenar la Plaza Nueva de libros. Libreros, distribuidores, editores y
autores volverán con más o menos entusiasmo a celebrar la liturgia de poner el
libro en la calle y acercarlo a la ciudadanía, tratando de resolver el dilema
de si el público no viene hasta nosotros, vayamos nosotros a buscar los
lectores.
El libro como todo está en crisis,
siempre lo ha estado, a la caída de las ventas, que parecen empiezan a repuntar
tímidamente, hay que unir la aparición inconclusa del libro electrónico y la
competencia de la increíble oferta de ocio que nutre a nuestra sociedad.
Demasiado para el body que diría el
castizo. Demasiado para este frágil objeto de papel y tinta.
El libro ha sido uno de los objetos más
prestigiosos y mimados de la sociedad prueba de ello son la infinidad de
piropos que se le han dedicado: “Los
libros constituyen la parte más inmortal de la humanidad”. Umberto Eco, “No es posible vivir sin libros”. Thomas
Jefferson, “Los libros son amigos que
nunca decepcionan”. Thomas Carlyle y así casi hasta el infinito. Y sin
embargo no ha sido uno de los objetos más preciados por esta.
Sin embargo toda esta lista interminable
de reflexiones, más o menos ocurrentes, toda esa cursilería del olor a papel
recién entintado, no pueden ocultar que el libro no es más que un soporte para
la transmisión del pensamiento y las ideas y en eso la sociedad ha avanzado
muchísimo en los últimos tiempos; de manera que estos se pueden transmitir con
una rapidez, un coste y un volumen infinitamente superior al del libro.
No teman queridos amigos, el libro como
vehículo del pensamiento no corre peligro. Lo que corre peligro, o que está en
cuestión es el modelo de negocio en torno a él. De lo que habría que
preocuparse es de la falta de ideas y de creadores capaces de hacernos
reflexionar, soñar y disfrutar. Estas nos llegaran a través de muchos medios,
entre ellos el del romántico contenedor de papel, cartón y tinta.
Llevo toda mi vida en esto, he disfrutado
y sufrido los libros como pocos. Por eso se de su valor, es un instrumento tan
delicado y precioso que solo vale la pena cargarlo con ideas e historias que
merezcan la pena ser compartidas. El simple hecho de que estas estén impresas y
encuadernadas no las convierten en mejores ni las hace triunfar. Esto sin duda
si que es uno de los grandes enemigos del libro.
Disfruten de los libros y de su lectura
en estos días que estarán tan cercanos y recuerden lo que dice Jaime Balmes: “La lectura es como el alimento; el provecho
no está en la proporción de lo que come, sino en lo que se digiere”. Y, a
todos los que se dedican a esta actividad, un consejo: trabajemos por escribir
y editar lo mejor de nosotros, así subirá el valor del libro.
