Dios por la ciudad



No es momento, ni quizás tiempo, de definir la Semana Santa de Sevilla, ya se han vertido ríos de tinta en el intento. Lo mejor de la Semana Santa está en vivirla, no en tratar de encontrar la conjunción semántica necesaria para plasmar en un texto, una imagen literaria acorde.

Yo creo que nos debería bastar con la casi concurrencia de la mayoría de los que han hablado, de una forma o de otra, en que se trata de un evento absolutamente singular y único, que además en nuestra ciudad adquiere unas dimensiones, por su seguimiento y extraordinaria manifestación artística, universales. Por eso, echarle filosofía al tema para explicar la aproximación a tan extraordinario acontecimiento desde las más distintas posiciones ideológicas, se parece mucho a la explicación de:

–No es lo que parece, cariño, cuando a alguien lo pillan con las manos en la masa.

La Semana Santa, nos pongamos como nos pongamos, es una fiesta religiosa cuyo objetivo es revivir y escenificar la pasión y muerte de Cristo, tratando de generar  sentimientos y emociones que lleguen de la manera más directa al corazón de los espectadores. Eso no lo podemos perder de vista, que luego nos guste más la puesta en escena, la belleza de los interpretes o la decoración e incluso la estrategia de esa comunicación, no deja de ser secundario.

Tampoco me parece necesariamente importante que pasado los fervores cofradieros, muchos de los participantes de la puesta en escena no tengan continuidad con ese fervor religioso, en todo caso es un problema de los responsables religiosos. Lo que parece claro es que el que haya vivido, y digo vivido, la Semana Santa en nuestra ciudad, difícilmente la olvida y menos si ha sido testigo de alguno de los “momentos mágicos” que en ella se producen.

La contemplación de ese magno espectáculo nos tiene que llevar a la reflexión de que la vivencia de la Historia más grande jamás contada, es una historia de vida y muerte por unas ideas de amor, perdón e igualdad, entre la indiferencia y la hipocresía, de los contemporáneos que la vivieron. Luego, la caracterización del protagonista o la belleza de su madre e incluso la insuperable ambientación, no son más que elementos de la puesta en escena.

El medio no es el mensaje, la devoción por el Gran Poder o la Macarena, no nace de la extraordinaria expresividad que fueron capaces de transmitir sus creadores, nacen de el sentimiento de amparo y protección que nos despiertan con su presencia. Y ese sentimiento nace de la necesidad del ser humano por encontrar respuesta a su soledad y debilidades, eso lo hace trascender hacia algo superior.

Le pueden ustedes poner todos los elementos de racionalidad que quieran que seguro tendrán argumentos tan válidos como los que yo les he expuesto, pero no dejen de mirar de reojo esa posibilidad, a lo mejor ahí hay otra interesante visión de estos extraordinarios días en los que Dios pasea por esta maravillosa ciudad.