Entre los muchos títulos y honores que tiene nuestra ciudad figura el de Mariana, que si no recuerdo mal le concedió el General Franco curiosamente el seis de diciembre de 1946, culminando así una iniciativa de D. Antonio Filpo Rojas en tiempos del Cardenal Segura. Casí ná.
Es realmente sorprendente que esta ciudad adalid del concepcionismo, ahí tenemos a Juan de Pineda o a Miguel del Cid que lo avalan, sea a la vez una de las ciudades más hedonistas y pasionales del mundo„ y eso naturalmente, sólo puede tener cabida en una ciudad dual y llena de contradicciones como es Sevilla, y ese hecho queda bastante patente, por ejemplo, durante la Romería del Rocío.
Hay quién sostiene la teoría de que nuestra devoción mariana, viene de la adoración a las deidades femeninas de tartesos, íberos y romanos. Es posible que antropológicamente eso sea así, pero habría que buscar la raíz del porqué de esa devoción que escapa en mucho a los criterios más racionalistas y para muestra un botón:
Cuentan de Pepe Díaz, el dirigente comunista de los tiempos de la agitación republicana, que acompañando a unos dirigentes soviéticos que había acudido a un congreso del partido que se celebró en Sevilla en la semana Santa de 1932, les comentó que el tenía que ir a ver a la Macarena en su salida procesional, ya en la mañana del Viernes Santo; ante lo que estos se mostraron absolutamente sorprendidos. Entonces él les respondió que una cosa era la religión y otra la devoción a la Macarena.
A lo mejor todo se ve más fácil desde el punto de vista meramente humano. Los sevillanos vemos en la Virgen la representación de la madre protectora que todo lo comprende y que todo lo perdona. La figura que nos acoge en su seno y en sus brazos cuando nos sentimos cansados, débiles y desprotegidos. Ella nos recibe, nos cuida y nos alienta con un amor infinito. Una madre bella y hermosa como nos dejó Murillo en sus Inmaculadas a la que sus hijos, en agradecimiento, ensalzan, engalanan y enriquecen para que reluzca toda su hermosura, como ocurre con nuestras dolorosas y esperanzas de la Pasión.
Recuerden ustedes que antiguamente, con más acierto diría yo, el ocho de diciembre se celebraba el día de la Madre, lo que le daba pleno sentido a las dos celebraciones. Luego por razones de otra índole se trasladó al primer domingo de mayo. Desde esa perspectiva se comprende mejor todo el concepto devocional e incluso el difuso valor de la pureza, que los humanos difícilmente reconocemos en un ser que no sea nuestra madre.
Todo este flujo sentimental revive entre nuestras tradiciones en estos días. Bailan los “seises” en la liturgia catedralicia y cantan los “tunos” en la Vigilia de la Plaza el Triunfo en honor de la Pura y Limpia, y nuestro corazón se llena de nostalgia por que nos recuerda al ser eje de nuestras vidas: la que nos concibió en su seno, parió y cuidó, sobre todo si ya no está entre nosotros. Así es más fácil entender el misterio, así es hasta sencillo comprender el origen de nuestra devoción.
