El 12 de octubre de 1492 es sin duda una fecha transcendente para la Humanidad.
El mundo entró en la era moderna y comenzó la globalidad, el Viejo y el Nuevo Mundo se encontraron y desde entonces comparten la historia, las riquezas y las ideas. Se dejó atrás la oscuridad de nuestra edad media y la ignorancia de sus civilizaciones. Desde ese instante nada sería igual.
Sevilla fue pieza clave de ese acontecimiento, su estratégica posición de puerto interior, mucho más seguro en la época, la convirtieron en la lanzadera de ese “puente marítimo” que unía las dos orillas del Atlántico y eso, la convirtió en la urbe más importante de su tiempo, durante todo el siglo XVI.
El núcleo financiero de Europa, que había estado en los Países Bajos se traslada a Sevilla. Además, el aumento de la actividad mercantil y financiera de Sevilla atrajo a muchos castellanos y extranjeros que acudieron a ella, unos para avecindarse, otros para embarcarse hacia el Nuevo Mundo, buscando nuevas oportunidades. Las calles de Sevilla eran un continuo ir y venir de viajeros, de todas las clases sociales.
A pesar de la progresiva decadencia en la que entró nuestra ciudad con la marcha a Cádiz de la sede de la casa de la contratación, América había configurado definitivamente a Sevilla. Ya nada sería igual, se había convertido en la ciudad más americana de España, sin dejar de ser la más española, y su huella la consagró como la sede y guardiana de toda la gran epopeya del Descubrimiento.
Un sevillano, fray Bartolomé de las Casas, se convirtió en el primer gran valedor de sus gentes. Denunció los excesos de los pioneros y defendió ante el poder los derechos de los nuevos ciudadanos incorporados a la corona. Su ingente obra dio pie también a los enemigos de España, para que escribieran y divulgarán las páginas más negras de nuestra historia común.
El florecimiento económico de Sevilla dio paso a la generación de creación artística tan espectacular como el Barroco. La ciudad se llenó de genios creadores de la pintura, la escultura, la literatura y la misma se engalanó con los mejores adornos del estilo. Así sus iglesias y conventos se adornaron de arquitectura, retablos, pinturas e imágenes que son admiración del mundo y llenan la ciudad de valores únicos.
Pero después de la gran huella que el Descubrimiento dejó en Sevilla, la ciudad ha seguido siendo marcada por el gran acontecimiento histórico. Así la Sevilla del siglo XX queda configurada por el recuerdo de la gesta. La Exposición de 1929, no es baladí que fuera Iberoamericana, supuso la primera transformación de la misma y la entrada de Sevilla en el siglo XX y ya en las postrimerías de la pasada centuria la de 1992, en conmemoración –como no– del 500 aniversario de 1492, situó a Sevilla en el siglo XXI y configuran la ciudad en la que hoy vivimos, sufrimos y disfrutamos.
Vale la pena, por tanto, que recordemos la importancia de lo que por estos días se celebra, que es nada más y nada menos que uno de los grandes gestos de la aventura humana, sino además el papel que en ella tuvo Sevilla y lo que ha significado para una ciudad que rezuma América por todos sus poros.
